Pedazos de mi



Me detuve en la entreabierta puerta de mi oscuro hogar
Aquella bendita puerta que me convidaba a entrar.
Mi corazón fatigado de luchar y de sufrir,
Cuando escuchó el sosegado rumor del hogar amado
de nuevo empezó a latir.

Fue como el lento regreso de la muerte hacia la vida,
como quien despierta ileso tras fatal caída al beso
de alguna boca querida. Adentro una voz serena
decía cosas triviales y había un dejo de pena
en esa voz suave y llena de cadencias musicales.
La voz suave de la esposa despertó mi corazón,
aquella voz amorosa que en otra edad venturosa
me arrulló con su canción.

Desfallecido de tanto batallar y padecer,
llevando en los ojos llanto y en el alma desencanto
llegué ante aquella mujer.

Caí junto a su regazo y en él mi cabeza hundí,
y unidos en mudo abrazo de nuevo atamos el lazo
que en mi locura rompí.

Ni reproches ni gemidos… sólo frases de perdón
brotaron de esos queridos labios empalidecidos
por tanta y tanta aflicción.

«Llora, llora -me decía-. Yo sé que llorar es bueno»…
Mudo mi llanto caía y ella mi llanto bebía
y me estrechaba a su seno.

Nunca, nunca he de olvidar
sus palabras de cariño
ni el amoroso cantar
con que tras lento llorar
me hizo dormir como a un niño.