y no hay en ellas nada que no sea verdadero.
Pero duelen. Son dardos de amorosa ponzoña
Pero duelen. Son dardos de amorosa ponzoña
y dan la seca muerte del olvido.
No perdonan, no aman,
no son ríos serenos sino fuego,
ardiente maldición, dolorosa quietud.
Vienen así, calladas, caminando caminos
de helado polvo. Son las voces
que ya nunca se dicen…
Sigo sentado a los pies del Monumento al Judío, frente al Ayuntamiento vuelvo a mi realidad y apago por un momento el proyector de mi memoria y pienso que no podemos vivir permanentemente en el pasado aunque el mas hermoso futuro siempre dependerá de la necesidad de olvidar el pasado. Nunca se podrá avanzar en la vida, hasta que hayamos superado los errores del pasado y todo lo que lastima nuestro corazón. Por eso duelen y por eso ardo
junto a ellas, como al pie de una hoguera.
Ardo y adoro al mismo tiempo
porque nada me calla o no me dicen nada.
Asciendo rudas catedrales de miedo
y el vacío es un lago de hambre y sal.
Me maldigo con ellas
pero duermo con ellas.
Cuando la sed se haya quemado
en mi garganta,
cuando no tenga paz ni amor,
cuando todo sea voces y no llantos,
una pequeña sombra habrá a mi lado.
No la rosa del ansia ni el clavel de miseria,
sino la joven luz del alba,
la joven voz del alba mía.
Frente a mi se encuentran edificios emblemáticos como el Casino, la casa de los Bujalance, La antigua imprenta Cañete o el moderno Teatro Liceo, que era la antigua entrada a la Plaza de Abastos y como olvidar donde me encuentro parado, bajo los arcos del cuartel con la cantidad de balcones en su fachada.
A mi izquierda observo el Ayuntamiento, un edificio grande, feo y diría que grotescamente enladrillado. Sin estética pero majestuoso, como si alguien hubiese dejado de tierra calma parte de nuestra historia y hubiese plantado sus cojones dominando esa época de nuestro pasado, o como si un historiador estuviese avergonzado o acomplejado de ello, y quisiera borrarlo de su mente.
Tal vez esas imágenes que son inevitables el pensar en ellas si las cruzamos diariamente y quisiéramos cambiar artificialmente ese paisaje para no recordar algo hiriente.
De nuevo el baúl de los recuerdos comienza a sacar sus imágenes, yo trato de situarlas en el tiempo y en mi mente para darle la forma debida.
“Todos los fines de semana me desplazaba a la parroquia para ayudar a decir misa o para tocar las campanas, pues era impresionante poder subir a lo alto de la torre del campanario
Y poder divisar Baena desde esa altura y algunas veces poder coger nidos de primillas o los pollos con esa pelusa tan blanca y tan pequeñines.
